(BREVE) ENSAYO SOBRE LA CULTURA POPULAR
Durante mi vida he visto nacer cosas que se han acabado convirtiendo en lo que los optimistas contemporáneos llaman “cultura popular”.
No es raro: en todos los períodos históricos ha habido una corriente de gustos, opiniones, músicas, chistes o historias surgidas de no se sabe dónde o de quién que configuraron lo que se conoce como cultura popular y, más tarde, folclore.
Todos los elementos populares parecen tener fecha de caducidad, no obstante: los refranes, por ejemplo, están congelados en los corpus paremiológicos desde hace siglos; permanecen, pero no surgen nuevos.
Los chistes, por su parte, parecen haber entrado en ese mismo corpus congelado pues, desde hace años, se cuentan los mismos. Cuando vuelven a aparecer como nuevos es porque los habíamos olvidado; recordemos que, a diferencia de un pájaro, que sabe piar aunque crezca solo, nosotros no heredamos de manera genética el conocimiento. Así, el chiste del ruso y el andaluz será completamente nuevo – si no lo es ya – para la mayoría de jóvenes que no lo oyeron de Eugenio.
En mi vida, decía al principio, he visto nacer elementos (por no llamarlos “cosas”) que fueron nominados como cultura popular: el primero fue el rock & roll; uno de los más conspicuos, el underground, cuyo único vestigio visible en estos días son los graffiti o como quiera que se les quiera llamar.
En un análisis estrictamente estructuralista, el R&R solo es música popular por oposición a música culta; es decir, no es popular porque nazca anónimo y se integre en el acervo de los pueblos (sea ello lo que ello sea): de hecho, sus creadores son conocidos (Leiber & Stoller, Chuck Berry…) y su ámbito de eficacia está, por ahora, muy disminuido. Dejó su semilla, pero murió.
Los graffiti, sin embargo, son perfectamente populares como podemos comprobar en cualquier viaje en tren que hagamos.
La tenaz voluntad de sus creadores para hacerlos ilegibles, (incluída su tag o firma, que es solo descifrable para champoliones de pacotilla), los convierten en elementos masturbatorios (autoplacenteros) antes que comunicativos y – por otro lado – en horrorosamente unificadores: Berlín, Barcelona, Nueva York o Cáceres presentan fragmentos de un paisaje único creado a base de esprái.
Son feos.
Entiéndaseme, no hablo de murales tan estupendos como los que pinta(¿ba?) El Niño en Granada, sino de esos que solo contienen palabras en una tipografía cansina por lo repetida.
Casi toda la cultura popular artística (=inútil: canciones, versos, bailes, fiestas, trajes regionales…) es fea ya en la forma, ya en el contenido. Me parece fea, aclaro. Es ver a un grupo de mozos y mozas con trajes regionales y despertarse el monstruo que llevo dentro…
Como sabrán los lectores de estas Hojas, soy un pesimista histórico que practica el optimismo en círculos reducidos. Es decir, creo que homo hominis lupus y que todo puede empeorar de manera notable, pero también creo que uno puede salvarse si se esconde lo suficiente detrás de los libros, el arte y los placeres…
Por esa razón, aunque no sé cómo puedo explicar la relación, detecto mejor las manifestaciones de la demencia humana en lo que parece inane (las comuniones, la música folclórica, los graffiti, la televisión, mis cojones, Eurovisión, la democracia que tenemos, el horóscopo o la homeopatía, la religión…) que en lo que es verdaderamente horroroso: el fascismo, la corrupción, los genocidios, la música de los 90…
Lo horroroso me parece humano. Demasiado humano, quizás.